La ciudad sin regreso

Por una vez se decidió a poner el punto en la i. Él, que seguía unas pautas personales bastante escrupulosas, notaba como su estrategia de ser un hombre honrado se volvía ahora quebradiza, y eso pasaba en parte, por su fracaso de llevar la vida más normal que uno pueda imaginarse, aunque esa normalidad anhelada no fuera más que una vana ilusión y de un único enfoque, el suyo, y por eso, lo que era normal para uno podía cambiar dependiendo de la perspectiva de otras personas. Necesitaba de nirse, y por tanto, ver con qué recursos contaba y en quién podía con ar. En caso a rmativo, en el caso de tener claridad de ideas, debería anular primero la fuerza que le mantenía estático y no permitía atisbar en él nada más que una simple cáscara de alguien que no sabía relacionarse o le era difícil, y que tenía un tipo de orgullo que no dejaba ver más allá. En cierta manera estaba roto por dentro, y aunque mantenía una visión moderna del mundo, era dueño de muchos altibajos. Pero quería luchar para cambiar un poco las cosas, aunque el destino le marcara una línea que él no quería seguir. “Basta ya de hacer el vago!” se decía, debía despertar sus neuronas, vislumbrar qué había en su cerebro. Y se sentía marchitado, con hastío por la vida, el pesimismo se apoderaba de su persona.

Pasaban las horas y no sabía decidirse por nada. Un voto de con anza le había hecho pensar en las facilidades que tenía en ciertos aspectos. No se gustaba, es más, acostumbraba a odiarse y proyectarse como un inmaduro endémico. Igual causaba desasosiego en las personas – re exionaba-, notaba que perdía el feeling de las cosas, para instalarse en un estado de languidez del que le costaba mucho salir. Pero no era urgente, más bien una suma de carencias que le entorpecían el día a día. Ahora que la novedad ya no lo era, costaba más mantenerse atento. A manera de metáfora, quería empezar el bloque con buenos cimientos, le era extraño, el rigor que se proponía le era bastante ajeno.

Hacer las cosas bien, vaya hándicap, al menos en él sonaba a utopía, tan torpe e inexperto en muchos asuntos. No se sentía culpable de actitud, pero le tocaba mejorar, poco a poco, dar forma al planteamiento intelectual que tenía enfrente. No tenía dilucidadas las palabras maestras que a veces escuchaba.

La ciudad sin regreso

Hacía planes, pero eran demasiado atropellados y unilaterales. Aprendía a un ritmo tranquilo intentando encontrar una harmonía en lo que realizaba. Aunque no siempre podía ser. No daba tranquilidad, porqué estaba bajo mínimos en muchos instantes del día.

Parecía un esquimal de antaño a punto de ir a pescar. Tenía una faceta oscura que no le gustaba lo más mínimo, pero estaba ahí, en su alma. Su complejo de inferioridad, su discapacidad, La seriedad que le envolvía, la visión de alguien vacío de contenido, poco dialogante, daba con un cuadro psicológico no muy alentador. Sin embargo no era una mala persona. Vivía muchas veces como un vagabundo, con latas de bebidas refrescantes esparcidas en el suelo, con polvo por todas partes, y un olor eterno a tabaco. Esa era la realidad, un tipo frustrado y sin trabajo que tenía muchos problemas para llevar una vida digna. Estaba en un pozo oscuro, la amargura le corroía el corazón. Era un superviviente. Este era el sabor agrio de la no cción, era adentrarse en el presente del personaje.
Él era así, ¿tenía que aceptarse?

Xavi Vidal i Jordi Abelló
Escriptura i dibuix de 30 x 42 cm
SRC Institut Pere Mata

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